Contra el relativismo ético

La  diversidad en el campo de opiniones de la ética y la moral no basta para dar cuenta, en principio, que sea posible un estricto saber ético-moral: ¡El mundo entero podría estar equivocado y tener la razón un solo individuo! Sin embargo, ¿No es hoy día una perogrullada que la moral y la ética son materias relativas, esto es, opinables y riguroso conocimiento de la cuestión?

Puede que haya peores destinos, pero en todo caso a mí me ha tocado esa mala suerte de tener que afirmar, sin temor a equívocos, que, en mi opinión, a los seres humanos les es posible saber qué es lo que está bien y qué es lo que está mal. Y he de ir tan lejos como pueda sumiendo que el mantener otra cosa sólo puede llevarle a uno a unas posiciones inconsistentes e insostenibles, por más de que esto no se advierta frecuentemente. En otras palabras: El relativismo ético es, a mi entendimiento, no sólo filosóficamente indefendible, sino inconsistente —y a menudo perjudicial— también en la vida misma. Mas si uno quiere refutar cumplidamente el relativismo ético es pues necesario detenerse primero en examinar algunas fuentes de semejante actitud frente a la ética. Las fuentes podrían ser de dos tipos: factuales y luego consideraciones lógicas.

Las denominadas consideraciones factuales, en estos tiempos de educación y sofisticación académica,  parecen banales: es un hecho que los juicios morales y éticos de los seres humano parecen depender en gran medida del tipo de sociedad y la cultura, del entorno medio ambiental y hasta de disposiciones psicobiológicas de cada individuo. Esto lo atestiguan los datos de la antropología, de la sociología y de la psicología que ha llevado a cabo innumerable test psicológicos, cuyo resultados confirman indiscutiblemente la relatividad de los juicios valorativos de los seres humanos.

EL gran despliegue de pruebas, al parecer incontrovertibles, incuestionable, tambalea ante un aspecto que no es concluyente. El mero hecho de que exista una diversidad sin parangón que se da entre unos y otros patrones de la moral humana no hace imposible, en principio, el que algunos de estos patrones al menos sean correctos y otros incorrectos. Considérese, por ejemplo, un problema análogo al de las ciencias físicas: a lo largo de los siglos, las teorías sobre la constitución del universo físico han sido tantas, y tan relativas y diversas, como los sistemas de ética y moral; sin lugar a dudas, los antiguos egipcios referían muy distintas explicaciones de los cambios físicos en la materia a las que dan los teóricos de la física de hoy; la agricultura de las culturas mesoamericanas difería de lo que cultivaban los chinos de la Dinastía Ming, así, de la misma manera se diferenció la astronomía tolemaica de la Europa medieval de la que hoy se concibe con todo el influjo einsteniano y de recientes teorías contemporáneas del Universo y la física cuántica.

Podría decirse que las antiguas teorías sobre el universo físico eran, en sí, materia de un conocimiento relativo, pues estas no pasaban de ser pueriles elucubraciones generadas por los prejuicios singulares de cada época y cada cultura, mientras que en la actualidad todo es distinto: hoy, sin adjudicarse certezas absolutas, las teorías científicas se sustentan sobre una base objetiva a partir de las pruebas de ensayo y error, como lo prueba la unanimidad de los científicos a lo largo y ancho del globo. Es decir: que sea cual fuere la sociedad y la cultura, la nación o el sistema económico en el que se viva, la persona de ciencia puede apreciar debidamente los adelantos hechos por otros científicos en cualquier parte.

Esta aparente unanimidad entre los científicos lo llevaría a uno a considerar que la ciencia ha sido construida siquiera sobre una base de fundamentos objetivos, mientras que la moral o la ética carecen de estos; sin embargo, tal evidencia continúa siendo en realidad muy poco concluyente. Si se supone que esto es así, esto equivaldría a afirmar que la determinación de la verdad es, en la ciencia, una cuestión de contar votos y ya está. Y así, por tanto, se podría argüir que en una votación entre moralistas no se tendría nada parecido a la votación entre científicos; la égida del saber tendría que dársele a la ciencia mientras que la ética simplemente habría de conformarse con el juicio de ser una materia sometida a la mera opinión y especulación.

Sin embargo, la defensa que se hace del relativismo ético no necesita meramente apoyarse en consideraciones de orden factual; a contrario censu, suele haber otro tipo de consideraciones con las cuales se suele defender el relativismo.

 Se ha venido constituyendo casi como dogma para gran parte de los intelectuales del mundo académico el presupuesto de que siempre se ha de distinguir entre los valores y los hechos, entre lo real y lo ideal; entre lo que «es» y el «deber ser». Además, como la ética, por definición, se espera que gire sobre los valores en cuanto a que esta es distinta de los hechos, parece que la conclusión inevitable es que la ética no tiene una base objetiva o factual. Dados tales presupuestos, entonces, la ética no pertenece a un orden subsecuente de realidades, sino al orden ideal, al esto «debe ser» y no a lo que «es».

Para confirmar tal conclusión no hay sino tratar de verificar, no sin una casi imposibilidad, aunque sea sólo un juicio normativo o ético. Hasta ahí llega la evidencia empírica; en cambio, lo ideal o lo que sólo debería ser es, en principio, nunca observable. Y pese a que ese ideal no se quede como un mero ideal, sino que se realice de facto, todavía seguirá pareciendo que su carácter ideal es algo superior a sus propiedades reales.

¿Acaso no es cierto que las aseveraciones de tipo científico sobre sucesos u objetos nunca tienen presente si esos acontecimientos naturales son justos o injustos, buenos o malos? Así, la lava que fluye sobre la pendiente de un volcán puede considerarse un hecho (lo que es) del mundo natural mientras que las categorías de justo o injusto, bueno o malo, serían consideraciones de tipo ético que no obedecen al caso.

Atendiendo a lo anterior, hasta las Ciencia Sociales que se empeñan en el estudio del comportamiento humano tienen en gran medida la posición de mantenerse en una escrupulosidad objetiva, entendiendo por esto el abstenerse de emitir cualquier juicio de tipo valorativo. Por ejemplo, un economista de corte liberal/austriaco que estudie el fenómeno de los impuestos progresivos indicará las consecuencias que se siguen de emplear tal medida de recaudación y si tal medido puede o no, y en qué circunstancias, contribuir a una mayor productividad nacional; pero en cuanto a si los impuestos progresivos son justo o injustos —porque, a aparte de que son, digamos la cosas como son, un robo a mano armada, además de que impiden la movilidad social—, defendible o indefendibles, aunque quepa suponer que como ser humano tendrá su opinión al respecto, como economista lo único que puede decir es él no tiene un conocimiento objetivo sobre el particular. Lo mismo en psicología: se distingue entre el describir la conducta desde el punto de vista científico y emitir juicios acerca de tal conducta desde el punto de vista personal como ciudadano, Aquella descripción, consecuentemente, se cuela dentro del campo del conocimiento objetivamente verificable, mientras que el juicio valorativo se considera como una mera opinión personal, privada.

Esa neutralidad de la ciencia (pos) moderna que a través de la técnica —que, como es bien sabido, es por definición  amoral— convierte  a los científicos en dóciles y sumisas criaturas al servicio de las tecnodemocracias contemporáneas, es sencillamente deplorable y preocupante. Siendo esto así, ¿Cómo entonces enfrentar el hecho de que los juicios de valor pertenecen a un tipo lógico muy distinto al de los juicios de tipo factual? ¡No hay pues manera de comprobarlos ni de hacer una verificación objetiva! No es de extrañar, por tanto, que la dimensión ética y moral quede fuera del alcance de la investigación científica, de la concienzuda verificación. Y en cuanto a que lo real, lo que es ya como es, se trata de equiparar a lo que debería ser: lo que «es» nunca generará la más mínima orientación hacia ninguna clase de «deber ser»; pertenecen ambos a caminos muy distintos.

Poniendo en jaque al relativismo ético

No habrá que proscribir a la ética como un engaño.
Bien. Habría entonces que pensar cuáles podrían ser las eventuales consecuencias de la aniquilación relativística de la ética. Por de pronto, los seres humanos en seguida se convencería de que la ética y la moral  carecen de fundamento y que sus prescripciones y prohibiciones ya no nos obligan, ¿Se eliminarían todas la berreras y se desencadenaría inevitablemente el desastre? Para algunos puede que esto sea así. Pongamos un ejemplo.

Imagine el lector una joven adolescente cuyos impulsos sexuales no se salen de la normativa establecida y a la que una educación sexual férrea le ha inculcado el criterio de que las relaciones extramatrimoniales son malas y perjudiciales y que debe mantenerse casta hasta el matrimonio. A continuación viene uno de estos «filósofos morales» y le logra convencer a través de la persuasión de que esas restricciones morales vienen meramente de su conservadora y puritana educación, por lo que carece de justificación en absoluto; dependen únicamente de ese ethos religioso anticuado y «pasado de moda» ya superado. ¿Será que costará mucho imaginar los efectos de semejantes convicciones nuevas en las conductas de nuestra joven?

A poco que uno reflexione, se advierte que el saltarse todas las berreras no es consecuencia lógica o inevitable del relativismo ético. No obstante, salta a la vista el primer dique: si es cierto que todos los patrones de valor y todas las normas morales son relativas y en consecuencia arbitrarias, síguese de ello que ningún orden de valores es superior a cualquier otro: todos son igualmente despreciables o buenos, según se prefiera decirlo.

 Vistas las cosas desde esta perspectiva, la lascivia, por ejemplo, comienza a parecer tan digna o tan indigna de sugerirse como la castidad, la embriaguez como la sobriedad y el despilfarro como el ahorro. En otras palabras más generales: empieza a resultar como si tanto importara verdaderamente el más absoluto libertinaje con respecto a todas las restricciones y cortapisas de los convencionalismos sociales que la obediencia y la conformidad a los mismos. Según esto, el cansado escéptico moral que por de pronto decide, después de todo, que es menos molesto atenerse a lo que los otros hacen y respetar los patrones éticomorales de la sociedad en la que está inmerso, será igualmente coherente —o incoherente— en su relativismo ético que la joven rebelde y desatada cuya espontánea relación ante el relativismo es considerarlo como el pase para poder darse como quiera al desmedido consumo de licor y la promiscuidad.

Y es que esta no es la única variante de relativismo ético y sus posibles consecuencias, Puede irse uno y echar una ojeada a un pequeño libro —importante dentro de la antropología moderna y que tuvo repercusiones considerables— de la antropóloga norteamericana Ruth Benedict. En Patterns of Culture (1958), Benedict defiende la tesis de un universal relativismo ético. En pocas palabras, la profesora Benedict argüía que las diferentes culturas humanas, con toda su variadísima gama de modalidades, se han de considerar que son llevadas por distintas rutas y distintos medios; los distintos fines y medios con los que la sociedad procura lograrlos no pueden juzgarse en término propios para los de otra sociedad, pues —continua— son esencialmente incomparables.
La profesora Benedict era clara con su aseveración particular en torno al relativismo. En su visión del relativismo ético, como es posible notar, no ofrece a los seres humanos una invitación ni al libertinaje ni al pesimismo escéptico, sino una lección de tolerancia:

La verdad de la cuestión es más bien que las instituciones y motivaciones humanas son incontables en todos los planos de simplicidad o complejidad cultural, y que la sabiduría consiste en una grandísima tolerancia con todas esas divergencias. Ningún hombre puede participar por entero de ninguna cultura a no ser que se haya educado en ella y haya vivido adaptándose a sus formas, pero sí que puede conceder a otras culturas el mismo significado para sus participantes que le reconoce a la suya propia[1].
Resulta curioso que en el último capítulo Benedict parece volverse ella misma moralista, al reconocer con la admonición de que: «Exactamente igual que en el estudio de los problemas éticos encontramos dificultades mientras nos aferramos a una definición absoluta de la moralidad, así también nos vemos obstaculizados al estudiar la sociedad humana en general mientras nos empeñamos en identificar lo que es normal para nosotros con la ineludibles necesidades de la existencia».[2] Y así continua para desembocar en estas elocuentes declaraciones:

El reconocimiento del relativismo culturalista comporta sus propios valores, que no tienen que ser los de las filosofías absolutistas. Pone en tela de juicio las opiniones corrientes y hace que quienes han sido educados en ellas se sientan muy molestos. Engendra pesimismo, pero esto es porque confunde y desbarata las viejas fórmulas, no porque contenga nada intrínsecamente difícil de aceptar. Tan pronto como el nuevo pensar se adopte y llegue a ser la opinión corriente, se convertirá en uno de los más firmes bastiones del vivir honesto. Entraremos así en una fase más realista de las creencias sociales, aceptando como fundamento de la esperanza y como nuevas bases para la tolerancia los coexistentes e igualmente válidos modelos de vida que la humanidad se ha creado para sí a partir de los toscos materiales de la existencia. [3]

Acá, antes de proseguir, es conveniente apuntar que no es raro que los relativistas éticos tachen a sus oponentes de «absolutistas», queriendo significar con ello que las pretensiones de un absolutismo en materia de conocimiento están tan «pasadas de moda» como el absolutismo monárquico. Pese a que relativo y absoluto en nuestro idioma tienden a contraponerse, en lo que atañe al conocimiento científico ¿Pensará alguien por eso que el conocimiento científico es un conocimiento absoluto o que los científicos mismos son absolutistas? Si los científicos se libran del dilema del relativismo-absolutismo, ¿Por qué no pueden librarse de él los filósofos moralistas?

Antes de que se esfumen los cálidos, ideales y nobles sentimientos antropológicos, quizá podamos proferir las siguientes palaras escritas en 1921 por Benito Mussolini, maestro del cinismo, que servirán de irónico comentarios a las prédicas de tolerancia de Benedict a propósito del relativismo:

En Alemania, el relativismo es toda una construcción teorética peligrosísima y subversiva (acaso la venganza filosófica de los alemanes, posible heraldo enunciador de su venganza militar). En Italia el relativismo es simplemente un hecho… Todo cuanto yo he dicho y he llevado a cabo durante estos últimos años es relativismo por intuición… Si el relativismo significa desprecio por las categorías establecidas y a los hombres que aseguran ser portadores de una verdad objetiva e inmortal… entonces nada hay que sea tan relativista como las actitudes y las actividades del fascismo… Del hecho de que todas las ideologías son de igual validez, es decir, del hecho de que todas las ideologías son meras ficciones, el relativista moderno infiere que todo el mundo tiene derecho a crearse su propia ideología particular y a tratar de robustecerla con toda la energía que le sea posible.[4]

¿Sería necesario citar más ejemplos? Bastan estos y sobran para hacer evidente que por admisibles e “irrefutables” que puedan ser estos argumentos en pro de una actitud conforme al relativismo ético, en cuanto uno se pregunta qué ha de significar e implicar esa actitud con respecto a la propia vida y la conducta de cada uno de nosotros.

Para unos, el relativismo es sencillamente rebeldía y libertinaje; para otros, conservadurismo y conformidad. Implica, para este, una mayor tolerancia y comprensión en sus relaciones con sus semejantes; para aquel, en cambio, justifica la más dura intolerancia y la deliberada imposición de la propia voluntad sobre la ajena.

En este punto, las consecuencias que se derivan del relativismo no sólo adolecen de profunda ambigüedad, sino que, si uno examina con detenimiento, dará cuenta de que esconden una profunda incoherencia. Resulta increíble y chocante, volviendo a Benedict, que después de empezar con la proclamación del universal relativismo cultural de todos los tipos de valoraciones acabe predicando la tolerancia ¡Parece entonces lógico que si quisiera mantenerse fiel a sus propias declaraciones debería reconocer que el valor de la tolerancia es estrictamente relativo al trasfondo cultural que le ha tocado por causalidad múltiple!

Supongamos con lo anterior  que alguien en un ambiente cultural distinto ha sido educado conforme a la creencia de que la tolerancia no es en efecto una virtud, sino que es más bien un signo de idiotez y de debilidad y que la norma entonces es mostrarse intolerante frente a todo aquello que vaya en contra de la cultura propia ¿Qué diría la profesora Benedict de esto? Difícil le sería emitir un juicio en desacuerdo con tal adalid de la intolerancia o argüirle de error, ya que esto, naturalmente, equivaldría a juzgar los valores de una sociedad basándose en los de otra .El problema es doble y además recuerda a la famosa paradoja de la tolerancia de Karl Popper en La sociedad abierta y sus enemigos (donde la tolerancia ilimitada puede llevar a la destrucción de la tolerancia misma).

Continuando, semejante desacuerdo y crítica serían indicio del mismo espíritu de intolerancia respecto a las gentes de otras culturas tan condenado por Benedict. De la misma manera, Benedict tampoco  tendría en realidad derecho a estar de acuerdo con ese hipotético defensor de la intolerancia porque el estar de acuerdo con él significaría que vendría a admitir la superioridad de los valores de la intolerancia sobre los de la tolerancia y en tal caso ya no sólo se le podría tachar de inconsistente, sino además de hipocresía.

La profesora Benedict ha sido puesta en una situación desagradable, pero es la misma posición en la que estaría alguien que decida ser relativista en cuestiones éticas.

A partir de lo que se ha expuesto, el camino queda libre para acabar de demoler el relativismo ético por tratarse de una postura totalmente insostenible en el campo de la lógica filosófica.
Importa que se determine con suma precisión en qué es inconsistente tal relativismo. A diferencia de lo que podría denominar relativismo general, o, sin ir más allá, «escepticismo filosófico», el relativismo ético, curiosamente, no es inconsistente en su misma afirmación y formulación. En el caso de la posición escéptica, en términos generales, esta se expresa con aseveraciones más o menos como la siguiente: «La única verdad es que nunca se llega a saber qué es lo verdadero». Tal aserto, sin embargo, es contradictorio, por no decir mejor «defectuoso». Por eso se dice que  cualquiera que propugne un relativismo o  un escepticismo universal su postulado es insostenible desde un punto de vista teórico: tal tesis no puede afirmarse sin contradicción intrínseca.

Por otro lado, cuando el relativismo de que se trata es tan sólo un relativismo en referencia a cuestiones éticas y no al conocimiento humano no parece haber inconsistencia ¿Por qué? Porque perfectamente cabría afirmar, sin caer en alguna contradicción, cosas tales como «Sé que, tratándose de problemas éticos realmente nadie sabe nada». Acá, como ya había mencionado no hay ninguna incoherencia lógica, es decir, la tesis del relativismo ético no es inconsistente en su formulación y afirmación. Su problema es de incoherencia práctica.

Supongamos el caso de cualquier relativista ético anteriormente citado. Si el precedente análisis que se ha hecho es correcto, el hecho de que sostengan la tesis del concreto relativismo a que nos referimos no hay incoherencia alguna. El problema entonces radica en que ningún ser humano puede contentarse con tener convicciones, sino que, además ha de actuar, de vivir. Pero este actuar consiste en elegir, y elegir, por tanto, es manifestar ciertas preferencias por una manera de comportarse y anteponerlas a otras que también son posibles.

Atendiendo a la acción, manifestar, pues, un tipo de preferencia humana significa que, consciente o inconscientemente, implícita o explícitamente, se ha hecho un juicio de valor sobre qué tipo de actuación es mejor o peor, o más o menos inconveniente. Cabe preguntarse: ¿Qué clase de código ético de valores podría emplear un relativista ético para hacer tales juicios y proceder a ejecutar una acción? ¡Su relativismo consiste precisamente en negar validez a cualquier código deontológico de valores! ¿En qué se basará para comportarse?

Puesto entre la espada y la pared, el relativista ético intentará justificar su proceder de algún modo. Intentará, muy probablemente, poner en juego su mismo relativismo, escéptico frente  a todos los códigos de valor, y como todos los códigos son infundados en tanto que ningún género de vida o manera de comportarse es en realidad superior a otras, las opciones que tiene el relativista son:

  1. ·         Echar por la borda todos los códigos y normas morales de la conducta y seguir, sin más, todos los impulsos e inclinaciones (la joven «liberada» o la persona, a menudo de izquierdas, que clama por la exoneración y negación de todas las costumbres tradicionales y la religión (la cristiana, por supuesto, en el caso de los países de Occidente))
  2. ·         Procurar una actitud de gran tolerancia con los diversos modos de vivir y maneras de conducirse que los seres humanos hayan escogido (Benedict)
  3. ·         Crear su propio código de valores y tratar de reforzarlo con toda la energía que sea capaz (Mussolini) o
  4. ·       Condescender con las masas y atenerse simplemente a los patrones de la comunidad de la que es parte por considerar que ésta es la línea de conducta que requiere el mínimo esfuerzo y la menos expuesta a meterlo en líos y dificultades (el cínico escéptico)

Para su desgracia suponiendo que el relativista razone de alguno de estos modos, está claro que su razonamiento no resistiría ni al más mínimo examen: salta demasiado a la vista la falacia en la que se incurre al pasar de un absoluto relativismo de todas las normas morales y de todos los cánones valorativos a la propugnación  de un modo de actuar que el supuesto relativista considera como el más conveniente para sí dependiendo de las circunstancias. «Más acertado» o « conveniente» son meros sinónimos de «mejor» y «preferible».

Bajo ese panorama, se caería de manera directa y flagrante en un non sequitur: «como ninguna manera de actuar es realidad mejor o superior a cualquier otra, se puede concluir que, para mí, la mejor manera de actuar es proceder de tal manera en concreto».

En este punto, los ejemplos de relativismo han sido contundentes y han contribuido a demostrar las inconsistencias lógicas y pragmáticas de la postura relativista. La negación misma de todas las normas discriminatorias de lo mejor y lo peor no puede transformarse de ningún modo en una especie de patrón por el que distinguir nuevamente, en definitiva, entre cosas mejores y peores. La inconsistencia práctica es inevitable. Y hay más: aun cuando tratara de evitar incluso de tener que elegir alguna actitud, su misma opción de evitarlo sería ya una lección que implicaría por lo menos un juicio: el que tal evitación es la mejor actitud para él o para ella en tal supuesto

Su única salida es la de, sin querer desear ningún mal a nadie, que le venga una muerte repentina o se vuelva loco en el momento mismo que desee adoptar tal posición ¿No le sería mejor prescindir por completo de su relativismo?



[1] RUTH BENEDICT, Patterns of Culture, Nueva York, Mentor Books, 1958, p.33
[2] RUTH BENEDICT, p.251
[3] Id.,  Ibíd., p.257
[4] BENITO MUSSOLINI, Diuturna, pp. 374-377. Citado por HELMUTH KUHN en freedom forgotten and remembered, Chapel Hill, N.C: University of North Carolina Press, 1943, pp.17 y 18

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